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Patxi López, aire fresco en Euskadi

Fecha: 28/04/2009 ALBERTO SURIO
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La elección del socialista como nuevo lehendakari vasco consuma un giro histórico de enorme calado social y político. Hacemos una semblanza completa del hombre del año, y ponemos sobre la mesa los principales problemas con que se tendrá que enfrentar durante su mandato.

Le gusta la música indie y tiene hasta cien versiones de Lágrimas negras que le encanta escuchar. Es un enamorado de su blog, tiene muchos amigos fuera del PSOE, en el que ha militado toda su vida, y le encantaría tener un programa en Radio 3, como su compañero de partido Eduardo Madina, que le llama en su blog ‘Dj Crack’ en recuerdo a su experiencia de discjockey pinchando CDs el día de su boda en un barco sobre el Guadalquivir con música de los ochenta. Y en verano, cuando se va con su mujer, Begoña Gil, de vacaciones con unos amigos, se deja sin afeitar una pequeña ‘mosca’ bajo el labio, que le da un punto de rebeldía inconformista que desaparece automáticamente al empezar el curso y ponerse la corbata y la chaqueta.
En su casa tiene instalado todo un estudio de música y disfruta con las mezclas. Cuando era joven y estudiaba en Madrid, en un piso del barrio de Lavapiés, se emocionaba con Mikel Laboa o con Imanol, cantautores vascos. Eran los tiempos de los grandes conciertos del 2 de mayo en el Parque del Oeste, con Enrique Tierno Galván como alcalde de la movida madrileña. Hizo la mili en La Coruña, en los tiempos de Siniestro Total. Bailó el Sarri sarri o la Asamblea de majaras de Kortatu, referencias por excelencia del rock radical vasco.
Es el propio Patxi López quien lo confesaba en uno de los últimos números de la revista Rolling Stone. Una revelación que retrata la poliédrica y surrelista realidad social y política vasca en la que se sumergió su generación. La de un político amenazado por el terrorismo que en su juventud se "volvía loco" por el rock radical vasco.
Y es que López, que colecciona instrumentos pero no toca ninguno, se considera un músico frustrado al que le encanta desconectar y probar nuevas músicas, a poder ser de grupos independientes que tocan al aire libre. Es, en ese sentido, un político poco convencional, con un estilo personal joven, radicalmente desenfadado, sencillo, cercano en el trato corto, bien lejos de los estereotipos tradicionales de la élite política en sus relaciones personales, informal en sus usos y costumbres, al que le apasiona Bruce Springsteen y le encanta la cocina oriental con todas las especias del mundo.
El lehendakari indie
Si a Ibarretxe le apasiona la bicicleta y subir puertos en solitario –incluso ha viajado a Francia para participar en ‘carreras rompepiernas’–, Patxi López prefiere a grupos de música como Drive By Truckers o The Stills. En aquella entrevista recordaba que el último concierto al que acudió fue en una pequeña sala bilbaína con un grupo llamado Los Punsetes. "Casi la llenamos con los escoltas", recuerda. Allí se divirtió bastante y hasta entregó balones con su firma a los músicos, muy sorprendidos de ver al aspirante a lehendakari entre el público. "Me llaman ‘lindikari’, o lehendakari indie", asegura. López hasta le saca punta, en clave de humor, a su condición de amenazado. En esa entrevista dijo que cuando él y su mujer van al cine, les siguen tantos escoltas que "hay que sacar entradas como para hacer un cine-fórum".
Las cenas con Felipe
Es Patxi López Álvarez un socialista de la calle Coscojales de Portugalete, hijo de un veterano histórico de la UGT vasca como ‘Lalo’ López Albizu, que mamó en su casa la política desde los tiempos de la clandestinidad, cuando Felipe González o Enrique Múgica se acercaban al piso de sus padres a cenar unos huevos fritos y quemaban en el cuarto de baño papeles si sospechaban que habría redadas de la brigada político-social de la policía franquista. Ahora se va a convertir, después de la experiencia preautonómica de Ramón Rubial al frente del Consejo General Vasco, en el primer lehendakari socialista de la historia de Euskadi.
Una revolución cultural
La llegada de Patxi López a Ajuria Enea implica una auténtica revolución cultural en Euskadi, en donde el nacionalismo ha ejercido el poder, en solitario o en coalición con los socialistas, durante los últimos 29 años. El panorama es difícil para López, considerado casi como un intruso por parte del nacionalismo vasco por llegar al poder de la mano del PP, aunque refleje a su vez la apuesta por el cambio de una parte relevante de la sociedad vasca, fatigada de años de terrorismo y de la persistencia de debates identitarios. No hay que obviar el gran cansancio de la sociedad vasca por el empecinamiento soberanista de la política de Ibarretxe en la última década y la necesidad que siente de respirar un aire nuevo, de introducir frescura en un ambiente demasiado cargado por los viejos prejuicios.
Pero López, que pasó de 18 a 25 escaños en el Parlamento Vasco, tendrá que hacerlo en el peor momento y de la mano del adversario natural de Zapatero, el Partido Popular, que con sus 13 escaños garantiza la estabilidad del futuro Ejecutivo en solitario del PSE al proporcionar la mayoría absoluta. El PP vasco y el PSE han firmado un acuerdo de estabilidad que apuesta por el "cambio democrático", pero sin caer en la dinámica de frentes. Y es que el mayor riesgo de este Ejecutivo es que pueda reabrir un enfrentamiento entre nacionalistas y no nacionalistas. Deberá sortear una situación económica muy complicada, con un tejido industrial amenazado de desplome por un brusco descenso de pedidos y por la crisis del sector del automóvil. Es cierto que el paro aún se sitúa claramente por debajo de la media española (el 8% frente al 14%) y que la innovación se presenta como una terapia decisiva para renovar el mundo productivo, pero la crisis ha golpeado con dureza tanto en el grupo cooperativo como en estratégicas empresas de línea blanca. Las perspectivas son sombrías para este año, y la convocatoria de una huelga general por parte de los sindicatos nacionalistas para el 21 de mayo pone de relieve la efervescencia del frente sindical vasco, en especial del abertzale, muy conflictivo y reivindicativo.
Otro frente sensible será el cultural y el educativo, uno de los escenarios más sensibles de la hegemonía nacionalista. La apuesta del PSE en la última década ha sido construir un discurso ‘vasquista’ integrador que rompiera el cliché uniformizador del nacionalismo en un país que se enorgullece de la modernidad con el Museo Guggenheim y que tiene a gala llevar como principal embajada a los mejores cocineros del mundo, con una ciudad como San Sebastián que reúne hasta a tres estrellas Michelin con Juan María Arzak, Pedro Subijana y Martín Berasategui, en la que es posible encontrar las mayores exquisiteces de la nueva cocina. Pero, a la vez, esta faceta de la modernidad se hace compatible con un país en el que aún no ha desaparecido el terrorismo etarra. Será quizá el flanco cultural el más difícil en el que entrar, porque el nacionalismo ha construido un tejido clientelar en torno a la cultura y al euskera complejo de perforar.
Cambio sin revancha
La plataforma de personas de la cultura vasca que apoyaron a Patxi López ha sufrido en sus propias carnes el desprecio y el acoso de los sectores más radicales del nacionalismo, que alertan de un retroceso en políticas lingüísticas. Escritores de prestigio como Bernardo Atxaga, hartos de escribir sobre lo vasco, se muestran escépticos sobre el cambio y sorprendidos por el "empecinamiento" de López en llegar al poder. Pero también hay intelectuales euskaldunes y creadores vascos como Felipe Juaristi, Ramón Etxezarreta, Lourdes Auzmendi o el cineasta Ángel Amigo que han apoyado por higiene democrática la conveniencia de un cambio que, entre otras cosas, sanee por dentro la radiotelevisión pública vasca para ponerla al servicio de "los valores democráticos" y de la paz, y para que deje de ser altavoz de las tesis de los que siguen dando cobertura a la violencia y promueva un ambiente cultural menos cerrado por los tópicos esencialistas y rurales del nacionalismo más tradicional. "No queremos entrar como un elefante en una cacharrería ni que haya venganzas, queremos un cambio tranquilo, en sintonía con nuestra apuesta como partido central de este país", asegura el presidente del PSE, Jesús Eguiguren, convencido de que ha sido precisamente la apuesta por un socialismo ‘vasquista’ la que ha permitido al PSE conectar con nuevos sectores urbanos de clase media y superar su histórico perfil de partido ligado al obrerismo de predominio inmigrante.
Políticamente, el ciclo que se abrirá ante el Árbol de Guernica en mayo con el juramento de Patxi López como nuevo lehendakari abrirá formalmente una etapa histórica. Es posible que el cansancio del soberanismo –detectado ya en las últimas elecciones generales, que en el País Vasco ganó Zapatero de calle– se entremezcle con cierta falta de entusiasmo por la política, pero a la vez se detecta una creciente expectación y una progresiva naturalidad social ante la posibilidad de la alternancia. La sociedad vasca es cada vez más pragmática, ha sido testigo de notables e importantes cambios sociológicos, su juventud está bastante menos ideologizada que sus mayores. Es una sociedad que pretende un potente autogobierno, pero al mismo tiempo no quiere romper con España; en la que la Iglesia Católica ha perdido gran parte de su capacidad de influencia. Una sociedad en la que se vive relativamente bien, a pesar de que la crisis económica ha encendido las primeras luces de alarma, con un avanzado sistema de bienestar –inspirado en los países nórdicos–, con un sindicalismo muy reivindicativo, pero con un problema aún de consolidación de la paz y un marco político que todavía no goza de estabilidad. El acuerdo firmado entre el PP y el PSE apuesta por el desarrollo del Estatuto de Guernica y entierra los debates soberanistas de la última década. En ese sentido, la música del pragmatismo va a sonar a partir de ahora en la frecuencia de la política vasca. El Ejecutivo se va a poner manos a la obra para, por ejemplo, recuperar la calidad perdida en la sanidad pública, en su momento un modelo en el resto de España. O para hacer mayores esfuerzos desde la Ertzaintza para luchar contra ETA. O para deslegitimar la violencia desde la radiotelevisión pública vasca. O para garantizar a los padres la libre elección del euskera y del castellano para educar a sus hijos. O para suavizar las políticas de ‘euskaldunización’ en la Administración vasca.
La incógnita de la paz
La incógnita es hasta qué punto la presencia de Patxi López en la Lehendakaritza puede coincidir con un cambio en la estrategia del terrorismo. Hace meses que se oyen voces y opiniones más partidarias de dar paso a la política en el seno de la izquierda abertzale. Y eso supone que la vía terrorista está en sus compases finales, acogotada por la presión policial y el rechazo social y político. No se sabe si estas tesis de cambio han llegado a ETA, que fue la que rompió el último proceso de paz. Pero no sería extraño que determinadas posiciones aparentemente posibilistas del que fuera portavoz de la extinta Batasuna, Arnaldo Otegi, las hiciera con el aval de, al menos, un sector de ETA. La hipótesis de un cambio en el mundo radical sí que implicaría un giro histórico, que no parece factible a corto plazo si se tienen en cuenta las declaraciones denigratorias contra López lanzadas por algunos históricos de la izquierda abertzale, como Tasio Erkizia, que ha negado legitimidad democrática a Patxi López diciendo que es "el lehendakari del pucherazo". Pero en la Euskadi de 2009 la pelota de la paz sigue estando en al aire. Y el plato del cambio, la ‘cocina’ de la alternancia, a punto de servirse.

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