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Divorcio... ¿solución o problema?

Fecha: 26/06/2008 DANIEL MÉNDEZ
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El verano es de las estaciones que más parejas rompe. Convivir las 24 horas es una prueba de fuego . El número de separaciones se ha disparado en España, y no siempre estamos preparados para afrontarlas. Esta guía para ‘sobrevivir’ al divorcio te ayudará.

1. La situación.
El año 2006 hubo, según el Instituto Nacional de Estadística (INE), que aún no tiene preparados los datos de 2007, 145.919 disoluciones matrimoniales en España. Calculadora en mano, podemos resumir los datos de otra manera: cada 3,6 minutos se produce un divorcio (o separación, o nulidad matrimonial) en España. En el tiempo que se tarda en leer este artículo, tres o cuatro parejas habrán terminado legalmente su unión, aquella que era “hasta que la muerte os separe”. Así está la situación. Y no siempre estamos preparados para afrontar una ruptura en cuyas consecuencias uno nunca se para a pensar hasta que se avecina la tormenta: los niños, la casa, la autoestima, nuestra vida cotidiana...
“Yo llevo separado desde 1999, y divorciado desde hace dos años. Según la sentencia, debo pasar pensión alimenticia durante 20 años... ¡Para entonces mi hija tendrá 27!”. Es Paco Rodríguez, secretario de la Unión Mixta de Padres y Madres Separados de Madrid, quien expresa su frustración. Y continúa: “Por otro lado, mi ex vive ya con otro hombre. Se quedó con la casa y la custodia de nuestra hija, ¿y ahora yo debo mantener dos unidades familiares?”. Paco sabe, sin embargo, que no está sólo. Su caso no es ninguna excepción, y en su asociación abundan los casos similares. “En el 95% de los casos, es el hombre quien debe pagar la pensión alimenticia, la hipoteca de la casa que ya no es suya... ¡Cerca del 40% de los ‘sin techo’ de Madrid tienen que ver con estas injusticias!”. Rodríguez, que además de su papel en la asociación ha creado un blog de explícito títul (http://padresdivorciados.blogspot.com) se muestra crítico con la actual legislación, porque “te impide rehacer tu vida, y te mantiene anclado durante años”.
2. Antes de los anillos.
Visto lo visto, hay quien recomienda ser previsores. Una opción, que todavía levanta suspicacias, es la de las capitulaciones matrimoniales: un contrato suscrito entre ambos cónyuges, y firmado ante notario, que establece el régimen económico por el que se rige la convivencia. Inmaculada Marín, abogada matrimonialista y secretaria en Málaga de la Asociación Española de Abogados de Familia, defiende este tipo de ‘contrato’ previo al matrimonio. “Al casarnos, nunca hablamos del tema económico, porque nos parece de mal gusto”, afirma la letrada. “Yo creo que deberíamos establecer el régimen económico de la pareja antes del matrimonio, porque luego es la vía que crea más problemas. Además, esto nos obligaría a todos a informarnos”. Puedes elegir entre tres opciones distintas: el régimen de gananciales, régimen de partición o separación de bienes. Puede sonar mal, pero si hay confianza para pensar en un futuro común, en una casa, unos hijos o un coche, ¿por qué no la va a haber para hablar de asuntos económicos?
3. ¿Tiene remedio lo nuestro?
En ocasiones no es fácil distinguir entre lo que es una crisis (¿más?) de pareja y lo que puede convertirse en el fin del matrimonio. El terapeuta Fernando Azor, director de gabinetedepsicología. com, sostiene que “manda el sentido común. Cuando todavía hay ilusión por salvar la relación, hay una serie de pautas que permiten que la cosa avance”. Por ejemplo, una semana de intimidad: ¿las cosas no andan finas? Busca ratos a solas con ella, especialmente en el dormitorio. Las relaciones sexuales son de las primeras cosas que se ven afectadas en los malos momentos. Fernando recomienda otorgarse una semana para buscar momentos íntimos. Si la cosa funciona –y no, ahora no hablamos sólo de sexo–, cabe continuar con la terapia de pareja: hay profesionales que nos pueden ayudar a vencer los escollos. Porque lo que creemos que sólo nos pasa a nosotros, puede tener muchos puntos en común con otros procesos.
De hecho, Fernando sostiene que en las crisis matrimoniales suele haber unos roles muy definidos. “Es muy frecuente ver cómo uno de los dos, y no necesariamente el hombre o la mujer, adopta una actitud más sumisa, mientras que el otro coacciona más. Ve que las cosas no van como él o ella quiere, y expresa de una manera rabiosa esa situación de malestar”. El problema, asegura, es que la terapia de pareja es la última solución que nos planteamos: acudimos a un especialista cuando el conflicto está ya muy enquistado. En ocasiones, no queda más remedio que recurrir a una mediación: es decir, si la ruptura es inevitable, al menos que se haga de manera civilizada. En opinión de Justo Sáenz, portavoz de Kidetza, la Federación de Padres y Madres Separados de Euskadi, “la mediación familiar es una herramienta básica para tener una separación ordenada”. Él se divorció en 1993, y tuvo una separación contenciosa. Hoy lucha desde la asociación para que otros no pasen por el mismo calvario. Sin embargo, echa de menos que la mediación no sea reconocida como tal en la actual legislación: “Incluso en la reforma de 2005, las medidas en este sentido son demasiado tímidas”, denuncia Justo.
4. La casa y los niños.
La mediación impuesta por ley (“porque si uno de los dos tiene algo que perder en ella, tratará de evitarla”, asegura Sáenz), es sólo una de las reivindicaciones de Kidetza. Hay otros dos puntos fundamentales: la custodia compartida de los niños, y la liquidación inmediata de los bienes gananciales. Y no es sólo cosa de Sáenz: en todas las entrevistas realizadas para este reportaje han surgido, antes o después, estos dos temas. Y en los hombres hay un claro sentimiento de frustración en ambos sentidos. Los jueces, denuncian, tienden a concederle la custodia a la mujer, y ésta suele ir ligada a la casa.
Éste fue el caso, por ejemplo, de Francisco Javier Pintado. Tras 19 años de matrimonio, se fue de casa hace un par de años. Tras el divorcio, el juez determinó que la custodia correspondía a su mujer. Con él pasarían los fines de semana alternos y una noche entre semana... Pero no fue así: Francisco Javier estaba –y está– de baja. Cobra 1.200 euros mensuales. Con ellos debe pagar la pensión alimenticia y la mitad de la hipoteca de la vivienda que compró con su mujer. Con el resto, es imposible alquilar otra vivienda, así que terminó en casa de su hermano. Problema: los niños no tenían dónde dormir allí. “Me convertí en un padre canguro”, explica. “Pasábamos el sábado y el domingo juntos, pero después no podían quedarse a dormir conmigo”. Afortunadamente, la cosa ha cambiado ahora: desde hace algunos meses, Francisco Javier está viviendo en casa de su actual pareja. Al menos ahora tiene un lugar para sus hijos. La casa es de ella, pero si él quisiera comprarse otra, tendría que hacer frente a un sobrecoste del 30%: “Porque Hacienda no tiene en cuenta que la otra casa no la estoy disfrutando. Pago la hipoteca, pero es mi ex mujer quien vive allí. Si me quiero comprar otra, se contabiliza como una segunda vivienda”.
5. Hay vida después del matrimonio.
La actual pareja de Francisco Javier es también divorciada y con dos hijos de su anterior matrimonio. Ahora están en buen momento, pero no fue fácil. “Los separados vamos con mucho cuidado, porque no queremos que nos hagan daño. Al principio desconfías mucho. Sin embargo ahora creo que las relaciones entre separados, como es mi caso, son más fiables: tú mismo tratas de no cometer los mismos errores”. Francisco reconoce como una ayuda clave la asociación de padres y madres separados con quien se puso en contacto tras el divorcio. “Yo estaba hecho polvo: mi primera mujer fue la única con quien había estado en toda mi vida. Además, sentía que había abandonado a mis hijos. En la asociación encontré ayuda psicológica profesional y de otros compañeros. Poco a poco mi autoestima fue subiendo”. Ahora, él mismo se ha incorporado al área de vivienda de la asociación Kidetza.
Algunos han querido ver un incremento sin precedentes de los casos de divorcio en España, a partir de la aprobación de la llamada ‘ley del divorcio exprés’ en 2005, pero esa lectura no es del todo real. Los divorcios se incrementaron en 2006 en un 74%, es cierto, pero las separaciones cayeron casi en igual medida (un 70% que en 2005). Esto se debe a que la citada normativa eliminaba la necesidad de separación previa al divorcio: de este modo, muchos optan por proceder directamente a éste último. Como explica Francisco Javier: “El desencanto que yo tuve no es temporal, es para siempre. ¿Para qué voy a separarme primero y divorciarme después? Eso sólo implica duplicar gastos de trámites y abogados, y alargarlo todo”.
Pese a todo, más allá de alarmismos, lo cierto es que la tasa de divorcios ha crecido en torno a un 5 o 6% anual en los últimos años. Y no hay indicios de que se vaya a invertir la tendencia. Malos augurios que, sin embargo, traen una ‘buena’ noticia para los que estén viviendo una separación traumática: no estás sólo. Busca una asociación en tu ciudad y déjate asesorar. Serán de gran ayuda en el proceso (te darán soporte legal y psicológico), y también después: organizan talleres y actividades conjuntas para padres y madres, entre otras cosas.
¿Y qué más debo hacer? Azor da algunos consejos: “Todo divorcio puede tener una parte de alivio, y no hay que tener miedo de reconocerlo, pero también de ruptura de hábitos. Un cambio tan brusco como éste debe ir acompañado de nuevas metas: practicar deporte, hacer nuevas amistades...”. Añade este terapeuta que “puede haber una fase opuesta, de ligoteo y conductas compulsivas. Está muy bien concedérselo, pero hay un momento en que hay que buscar metas a largo plazo”.
Tres opciones para romper.
1. Separación. Es una especie en vías de extinción, a raíz de la ley del divorcio exprés de 2005: antes era obligatoria como paso previo al divorcio. Ahora ya no: y en 2006 el número de separaciones cayó en un 70%. ¿Por qué hacer en dos pasos lo que se puede hacer, más rápido y más barato, en uno sólo? En la separación, el vínculo matrimonial no está roto, aunque sí la vida en común: cesa la posibilidad de vincular bienes del otro cónyuge en el ejercicio de la potestad doméstica.
2. Divorcio. La Iglesia no lo reconoce, pero es la manera de romper el vínculo civil. Al contrario que la separación, no admite la reconciliación: si te vuelves a juntar con tu pareja y quieres reconocimiento legal, tendréis que casaros de nuevo.
3. Nulidad matrimonial. Simplemente, el matrimonio nunca existió: fue sólo una apariencia formal. Si quieres volver a casarte por la Iglesia, necesitarás solicitar esta vía.
Ante todo, las cuentas claras.
Antes de casarte, puedes acudir a un notario a establecer una capitulación matrimonial: un contrato que rige cómo se comparten los bienes:
1. Sociedad de gananciales. Se hacen comunes para el marido y la mujer las ganancias o beneficios obtenidos por cualquiera de ellos, y que les serán repartidos por la mitad al disolverse aquélla.
2. Régimen de participación. Cada uno de los cónyuges adquiere el derecho a participar en las ganancias obtenidas por su consorte durante el tiempo en que dicho régimen haya estado vigente. A cada cónyuge le corresponde la administración, el disfrute y la libre disposición de sus bienes.
3. Separación de bienes. Pertenecen a cada cónyuge los bienes que tenía en el momento inicial del mismo y los que después adquiera por cualquier título (donación, compraventa…).
Aprende a llevar el divorcio.
Una ruptura es el punto final de un proceso de deterioro que se ha extendido a lo largo de meses, quizá años en los casos más difíciles. Sin embargo, el divorcio no es el momento de sacarlos a relucir: no equivale a venganza. Como resume Manuel Aguilar, autor de Tenemos que hablar. Cómo evitar los daños del divorcio (Taurus): “Si necesitamos resolver nuestro duelo o rencor debemos buscar ayuda de un profesional”. La doctora Elisa Urbano, psicóloga, sexóloga y terapeuta del Centro de Psicología de Sabadell, explica que este proceso de superación suele durar entre seis meses y dos años. Ella divide en tres fases el proceso: conmoción e ira, seguida de una desorganización vital provocada por el cambio y, por último, un proceso gradual de reorganización. Y añade una recomendación: una ruptura limpia, en la que no haya contacto, al menos en principio, entre ambos.

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